“El cuento de la criada”: Una serie casi casi costumbrista

La escritora canadiense Margaret Atwood publicó en 1985 la novela ‘The Handmaid’s Tale” (El cuento de la criada)’ en la que se basa esta serie. Es un relato distópico ambientado en Gilead, una sociedad totalitaria que se ha establecido en el territorio de los Estados Unidos a partir de un golpe de Estado fundamentalista. Asolada por los desastres ecológicos y la caída de la natalidad, Gilead está gobernada por una teocracia que trata a todas las mujeres fértiles como ‘bienes de propiedad estatal’.

La crisis ambiental es aprovechada por algunos iluminados para llevar a cabo una revolución religiosa conservadora que convierte todas las estructuras del Estado en una teocracia fanática. Aún en guerra con lo que queda de Estados Unidos, esta facción subvierte todos los órdenes políticos, jurídicos y sociales. En el orden político, el poder queda concentrado en los Líderes de los Fieles, o sea quienes comenzaron la revolución. Hombres que se reparten el poder y establecen una dictadura totalitaria contra la población civil, similar a los Guardianes de la Revolución Islámica. En cuanto a los Derechos Humanos, estos son erradicados. En su lugar, se aplica de forma tajante la ley divina, de modo que este mundo se rige por valores judeocristianos, en los que la ley suprema no es otra que una aplicación estricta de la Biblia, como la que hacen incipientemente algunas sectas cristianas. En cuanto a la sociedad, es dividida en castas, dominadas por los líderes de la revolución, en tanto los hombres de menor categoría se dedican a otras labores. Pero lo verdaderamente relevante es el papel que se les otorga a las mujeres.

Es aquí donde se ve el peso del patriarcado, como manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre la mujer y sobre la sociedad en general que, en esta historia, ha llegado a su máxima expresión, como pacto entre hombres de todas las clases sociales para apropiarse del cuerpo de la mujer.

Defred-June (Elisabeth Moss), protagonista permanente y cuya voz cuenta la historia, es una de las pocas mujeres fértiles que quedan, y por eso es una de las criadas de la casa del Comandante Fred Waterford, formando parte de la casta de mujeres obligadas a la esclavitud sexual como un último y desesperado intento de repoblar un planeta devastado. En esta sociedad ominosa, en la que cualquier equivocación puede poner en peligro su vida, Defred busca desesperadamente a la hija que le arrebataron mientras trataba de huir de un país que, día a día, se convertía en una cárcel. En la actualidad, trata de sobrevivir entre fríos comandantes, sus crueles esposas, sus compañeras criadas y las mujeres que las controlan, mientras recuerda su vida anterior y cómo (se) llegó a la situación que vive.

En la primera temporada, la serie nos cuenta la forma en que, al encontrarse sola y sin su familia, se da cuenta de que no tiene ningún tipo de potestad. Una palabra equivocada, un mal gesto o cualquier indicio de rebelión puede acabar con su vida en un mundo en el que todos pueden ser espías. Hasta entre las mismas criadas, que deben caminar de dos en dos, en teoría para protegerse y acompañarse, mientras que en realidad es para vigilarse mutuamente. Gran parte del contenido del libro está presentado en los primeros capítulos, en tanto el desarrollo de la historia se expone en los demás.

El debate que abre esta producción televisiva no puede estar más candente en los tiempos que corren: el hecho de que las mujeres sean vistas como meros objetos reproductores, la polémica en torno a la gestación subrogada, la persecución de quienes ejercen conductas consideradas ‘contra natura’ por su falta de propósito reproductor: las lesbianas son consideradas ‘no mujeres’ y ejecutadas. El control, en suma, sobre el cuerpo de las mujeres.

La sociedad de la ficción está dividida en diversas castas, a cada una de las cuales se le asigna un rol: entre los hombres, los Comandantes, la clase política, pueden tener auto y visten de negro; los ‘Ojos” son los espías; los ‘Ángeles’ son Soldados, aunque en la serie se sugiere que el régimen ha acabado con el ejército y lo ha reemplazado por milicias privadas.

Por su parte, las mujeres pueden ser cuidadoras, como las ‘Marthas’, mujeres ya infértiles y de clase inferior, que se dedican a las tareas domésticas, liberando a las mujeres de clase alta de estas labores.

En el otro extremo se encuentran las ‘Esposas sumisas’, cuyo arquetipo es  Serena Joy como suerte de ‘esposa perfecta’. Las mujeres infértiles de clase superior son las esposas de los Líderes de los Fieles: delicadas, comprensivas, calladas y -en definitiva- sumisas compañeras que se dedican a dirigir los trabajos del hogar que desarrollan las Marthas. De entre ellas, sobresale Serena, la antagonista de Defred: una mujer anti-feminista, defensora del sistema que ella misma ayudó a redactar, aunque frustrada por el hecho de que haya otra mujer, la criada, incrustada legalmente en su matrimonio.

También están las Tías (Aunts), responsables de monitorear, controlar y cuidar a las criadas, especialmente en su adoctrinamiento. Siempre visten de marrón.

Por otro lado, están las ‘Ilegítimas’ o No-Mujeres: las estériles, las que nunca se casaron, viudas, feministas, lesbianas, monjas o disidentes. A las Jezebels, obligadas a prostituirse, se les permite (de manera ilegal) la esterilización.

Pero volviendo al eje sobre el que gira esta ficción, analicemos a las ‘Criadas’ o esclavas reproductoras. En un mundo con una enorme crisis de infertilidad que amenaza a la raza humana, las mujeres fértiles son muy valiosas. Tanto que el nuevo Estado dictatorial las ‘marca’ de rojo y las convierte en criadas. Basándose en un precedente bíblico, se las forma en el ‘Centro Rojo’ y las adoctrina para convertirlas en esclavas sexuales de los guardianes de la revolución, al participar en las siniestras ‘ceremonias’ donde son violadas por los comandantes para quedar embarazadas. Embarazos que, para ellas, no parecen ser un terrible castigo, sino una dicha, una bendición de Dios que debe ‘madurar’.

Estas ceremonias, como se puede ver en el capítulo piloto, parten del capítulo 30 del Libro del Génesis. El patriarca, el Comandante Waterford, lee este pasaje bíblico para concretarlo a continuación:

Es la segunda vez que se traslada la novela a la pantalla. En 1990, se estrenó una película con guión de Harold Pinter, protagonizada por Natalia Richardson, Robert Duval, Faye Daneway y dirigida por Volker Schlöndorf (Diplomacia, El amor de Swan, Muerte de un viajante, El tambor de hojalata).

La adaptación televisiva de la serie es bastante fiel a la novela en la que se basa, aunque tiene algunas licencias que en general ayudan a la historia: en principio, en el libro nunca se llega a saber que June es el nombre de la protagonista, pues siempre se la denomina como Offred (Defred), y por eso que en la serie sea la propia protagonista la que haga suyo su nombre, indica una posición muy diferente a la protagonista del libro: la de querer ser libre, luchar y visibilizar su propia identidad.

Asimismo, en la serie, Defred es mucho más desafiante que en el libro. Es políticamente activa, participa en marchas y es mucho más ‘valiente’, en tanto en el libro es más pasiva respecto a los hechos. Hay cosas a las que nunca se atrevería la Defred de la novela, como entrar al despacho del comandante sin ser invitada. Tampoco participa en Mayday (la organización que lucha contra Gilead) como la serie nos presenta. En cuanto a la edad de los comandantes, mientras que en el libro los comandantes (y Serena Joy) son personas que rozan la vejez, en la serie son personajes adultos jóvenes y atractivos, posiblemente para que tengamos alguna empatía con ellos y su ‘necesidad’ de tener hijos.

En la serie, los comandantes y sus mujeres no pueden tener hijos no porque son mayores, sino porque la sociedad realmente sufre un problema de infertilidad. Además, el personaje de Serena en la serie tiene mucho más desarrollo que en el libro y podemos conocerla mejor a través de flashbacks, especialmente su idea del ‘feminismo doméstico’ y el rol que ha tenido en la creación del sistema que con el tiempo la atrapa también. Por último, en la serie hay otro aspecto que se ha desarrollado más por motivos narrativos, que es la presencia de Luke. Mientras que en el libro está presente sólo en la memoria de la protagonista, sin llegar nunca a saberse a ciencia cierta sobre qué sucedió con él, en la serie hay escenas donde cobra protagonismo.

Una buena ficción tiene la capacidad de proyectar ecos y reflejos constantes en la realidad contemporánea. La producción de ‘El cuento de la criada’ como serie de impacto global ha coincidido con varios debates que están en el tenso corazón de la obra. En plena crisis de la separación de niños y padres migrantes en la frontera de Estados Unidos con México, Stephen King tuiteó lo siguiente: “¿Es esto todavía América? ¿O estamos en los meses previos a Gilead en El cuento de la criada?”. Así comienza, en efecto, la serie que adapta la novela de Margaret Atwood: con la separación desgarradora de una madre y una hija.

En este 2018, también está teniendo lugar la discusión y la tramitación de la ley de la interrupción voluntaria del embarazo en Argentina. La escritora canadiense la ha apoyado también a través de Twitter, en un mensaje a la vicepresidenta Michetti, junto a lo una manifestación a principios de julio en Buenos Aires con periodistas disfrazadas de criadas de Gilead.

También debemos recordar que la autora manifestó claramente que su historia se inspiró en algunos hechos de la dictadura militar sucedida en nuestro país, especialmente la apropiación de niños. Desgraciadamente, en momentos en que un gobierno llegado democráticamente al poder restringe libertades fundamentales como la de expresión, tiene en la cárcel a presas y presos políticos, o ha sido causante de diversas muertes, es donde este relato poco a poco comienza a convertirse en una fábula costumbrista.

En cuanto lugar se ha leído y/o visto esta historia, uno de los ejes del debate se encuentra en la facilidad con que una democracia puede convertirse en dictadura casi sin advertirlo, como en la metáfora de la rana hervida, que muere cocinada sin escaparse de la olla.

Según cuenta Atwood, la idea para la trama surgió en 1981, en una charla con una amiga, que le hizo ver que nadie se imaginaba cómo sería vivir en un mundo de fundamentalismo religioso. O, como podríamos decir desde el sur del sur, cuán fácil es llegar hasta él sin darnos cuenta, y sin que a una parte de la sociedad le importe…