Entre fantasías tecnológicas y universos virtuales

 A partir de Black Mirror, el filósofo Esteban Ierardo analiza la tecnodependencia y la vida atravesada por el fatalismo digital. El fenómeno de la “intimidad pública”, los peligros de quedar “atrapados en la pantalla” y la ficción como disparador del pensamiento crítico, entre las claves. nota por Nicolás Camargo Lescano. (Compartido desde la Agencia Ciencia, Tecnología y Sociedad  Universidad Nacional de La Matanza)
 El futuro, reza el viejo slogan, ya llegó, pero mostrando su lado más oscuro. Memorias manipuladas a partir de chips. Una sociedad-espectáculo que no tiene límites en su sadismo. Las redes sociales como fuerza asesina o la tecnología al servicio de la tortura y la brutalidad policial. ¿Estamos a tiempo de cambiar el destino?

La aclamada serie inglesa Black Mirror, que analiza y critica descarnadamente la relación cada vez más dependiente que el mundo tiene con la tecnología, se ha convertido en objeto de estudio de la academia.“Una manifestación cultural puede ser expresada por la ficción, y en ese mismo proceso puede ser reabierta y analizada desde la filosofía, la ciencia, la historia u otras disciplinas”, asevera el filósofo Esteban Ierardo.

 

 

Filósofo, escritor y docente de la Universidad de Buenos Aires, Ierardo publicó recientemente Sociedad pantalla. Black mirror y la tecnodependencia (Ediciones Continente, 2017),donde analiza las temáticas e inquietudes existenciales de la serie. “Tal vez sea momento de que veamos a la Red digital como una metáfora atemporal, porque la idea de que todo está conectado, incluyendo al hombre con su entorno y el Cosmos, es una metáfora muy antigua y milenaria”, resalta.

Usted elabora en su libro una teoría que vincula el fatalismo filosófico con el aspecto digital…
Sí, la posibilidad de un fatalismo filosófico se ve confirmada por el fatalismo digital. Es una continuación y una diversificación del fatalismo religioso y filosófico que constituye muchas culturas, desde el Islam hasta el fatalismo calvinista en Occidente. Y dentro del universo digital, hay un determinismo respecto al cual no hay libertad y no podés modificar: todo lo que subís, las huellas que dejás, los datos personales, aunque los quieras borrar, es irreversible. Al igual que en El Himno Nacional (Capítulo 1, Temporada 1), donde un video estuvo pocos minutos en la red pero alcanzó para viralizarse, no podés escapar de las huellas que dejas en Internet. No podés evitar que sean usadas, como parte de una posible vigilancia, o la manipulación publicitaria comercial. La tecnología, más que crear nuevos procesos radicales, confirma y profundiza procesos que en muchos casos ya estaban establecidos, como la necesidad del procesamiento de la información para la organización o el control de las sociedades.

Black Mirror


¿Black Mirror no plantea, en todo caso, dudas existenciales sobre qué ocurrirá con el ser humano a partir del desarrollo de la tecnología?
Totalmente. Todo este proceso da como resultado que de alguna forma tomemos conciencia de que es necesario discutir algunas cuestiones. Pero no siempre a nivel de foros, donde muchas veces hay discurso pero poco efecto práctico, sino a nivel de discusión personal, con tu entorno más cercano, para evaluar si realmente vas a entregarte pasivamente a consumir la mejor y última tecnología y estar continuamente híper conectado. O, por el contrario, si vas a desconectar el celular para la lectura. Desconectar el celular para una charla con amigos o tu pareja. Desconectar el celular para contemplar la naturaleza. Eso sí es posible, a nivel de una decisión individual.

Pero, a su vez, ¿la problemática de la tecnología no está atravesada por un marcado consumo capitalista?

Más aún: no sólo consumimos aparatos tecnológicos de última generación, sino que también consumimos las opciones para construirnos como sujetos digitales vía redes, como Facebook, Twitter, etcétera. Consumimos una supuesta realización personal a partir de aumentar nuestros contactos, nuestras “amistades”, acumular los “Me gusta”, como una forma de satisfacción personal, aumentar mi exhibición pública. El paradigma “Soy lo que dicen los demás que soy”, ya está instalado. Eso se ve muy claramente en “Caída en picada” (Episodio 1, Temporada 3). Voluntariamente, el sujeto va disminuyendo y erosionando su privacidad para construir una “intimidad pública” y, por otro lado, siente que su satisfacción depende de renovar contenidos que granjean nuevos “Me gusta”, lo cual construye sujetos cada vez más consumistas. El sujeto que busque realizarse a partir de la falsa identidad digital es un sujeto que se enajena cada vez más, deposita más tiempo en pantalla, de modo tal que cada vez más sale de sí mismo, cultiva menos el autoconocimiento y vive cada vez más atrapado de la imagen que se construye en la pantalla.

 

¿En qué tradición se inscribiría Black Mirror dentro de los movimientos anti utópicos o distópicos?
La distopía tiene que ver con la visión anticipatoria de un futuro cada vez más agobiante para el homo sapiens. Y esa visión anticipatoria de futuro de la distopía es pesimista: supone que el futuro va a confirmar o aumentar las potencialidades destructivas del exceso tecnológico, y de sus capacidades para perfeccionar el control social a través de los medios tecnológicos. Lo posapocalíptico es afín a lo distópico. Y un escenario posapocalíptico de desolación y de perros robot que persiguen al humano para destruirlo se aprecia con claridad de “Metalhead” (Episodio 5, Temporada 4). Pero la serie también habla de un futuro que se manifiesta en lo presente, en lo cercano, y no en lejanías cósmicas más propias de una ciencia ficción pura. En este sentido, refleja la percepción de sentido común del hombre medio que vive ya atravesado por la tecnología. Aunque no se haya realizado aún tal como se lo plantea en Black Mirror, ese futuro cercano ya palpita en nuestro presente como un proceso que no tiene retorno, un proceso del que no se puede salir ni detener. El hombre medio intuye que la tecnología es una variable que constituye y determina la vida diaria: la robótica que crece, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, los drones espía. Y ni que hablar del uso de redes sociales a nivel global como herramienta de las descargas de la violencia y del odio, como en el capítulo “Odio Nacional” (Capítulo 6, Temporada 3).

 

En el libro se señala una crítica a la serie, sobre cómo Black Mirror puede convertirse en aquello que denuncia. ¿Podría definirla?
Cuando una ficción se emplaza en una actitud de rechazo, de crítica, respecto al mainstream, no debe hacernos olvidar en qué contexto se hace esa ficción. Con Black Mirror estamos hablando de una ficción que es una serie televisiva, que está atravesada por la industria del entretenimiento, que fue comprada por Netflix, que tiene que ver con una expectativa de ganancias, a partir de ser un producto que sea consumido. El capitalismo descubrió hace mucho tiempo que se puede expandir el mercado a partir de la crítica del propio sistema. Un sistema de vida que te habla de una realización humana mediante una vida económica y material es una contradicción. Eso produce vacío espiritual, pero ese vacío se puede colmar creando un nuevo mercado que es el de libros, merchandising, etcétera. Sin embargo, no hay que negar la posibilidad que tiene una ficción de estimular una actitud de pensamiento inquieto. Las ficciones nos ayudan para pensar la realidad cultural fuera del puro consumismo pasivo de información y buscar un vínculo pensado con ese mundo: cómo impacta en nosotros y cuál va a ser nuestra respuesta o relación con nuestro mundo hipertecnificado.

Esteban Ierardo es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Además, es profesor de las materias Filosofía y Principales corrientes del pensamiento contemporáneo en las carreras de Ciencias de la Comunicación y Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Autor de varios libros de ensayos, como El agua y el trueno. Ensayos sobre arte, filosofía y naturaleza, y Los dioses y las letras. Ensayos sobre literatura, mito y paganismo, además de obras inéditas. Ha dictado muchos cursos en su país y en el extranjero. De amplios y diversos intereses culturales, es partidario del pensamiento sistémico que busca conexiones entre distintos saberes, y es un admirador de Leonardo Da Vinci como exponente de esa dinámica mental.