¿Te acordás de los CDs de MP3?

El tiempo pronto les pasa por encima a muchos desarrollos tecnológicos. En una época en la que la escucha de música es fundamentalmente por streaming, recordemos un momento en esa historia: La música en CDROMs, cuando los CDs de audio ya comenzaban a ser obsoletos pero no había todavía servicios digitales que dieran acceso a millones de canciones y otros contenidos de artistas.

La historia comienza con suspenso, como todo buen cuento. Estamos a fines de los 90, cuando entre la catarata de mails que cada día inundan el mailbox, llega uno firmado por una amiga, compatriota de la patria de las redes, que en mayúsculas grita: ”Me conseguí un CD ROM ¡¡¡¡¡¡MARAVILLOSO!!!!!!!! Es un (1) (uno) (uno solito) que tiene TODOS (26 en total) TODOS (incluyendo los dobles) TODOS los discos de Los Beatles (TODOS) con TODAS LAS LETRAS DE TODOS LOS TEMAS incluidas, todo eso en un solo CD IMPRESIONANTE. Voy para allá en Semana Santa y te llevo una copia para mostrártelo. Yo estoy chocha.” El misterio comienza a crecer. Cómo será. ¿Puede existir? No suena que hayan editado algo así, quizás se equivoque o sea otra cosa distinta, y en todo caso… De qué está hablando?

Llega ese día, y la amiga trae de regalo una copia del famoso CD, cuya caja no tiene ninguna identificación. Ud. lo pone en la lectora de CDs de su PC, y el autoarranque de Win95 le lleva sin necesidad de ninguna instalación a una pantalla negra en la que están prolijamente ordenadas todas las tapas de las producciones discográficas de Los Beatles, desde “Please, please me” (22/3/63) hasta “Past Masters, Volume Two” (7/3/88). Bueno, en realidad el fondo no es negro. Es una foto texturada de esa actuación de Los Beatles en TV en la que Tinelli se incluyó electrónicamente entre las adolescentes que gritan en un balconcito, arriba a la derecha…

La interfaz es sorprendentemente simple, ya que no tiene ninguna clase de ayuda, pero no hace falta: Ud. hace click en la tapa de cualquier disco, y ésta se reproduce más grande en el ángulo superior derecho. Clickea en ella y las tapas de las demás producciones son reemplazadas por la lista de temas del disco. Si Ud. hace click en cualquiera de ellos, puede leer la letra. A la derecha están los clásicos controles de cualquier reproductor de sonidos: reproducir, parar, adelantar, etc.  Ud. presiona la tecla de Play y la reproducción comienza. Sorprendentemente bien. Ud. lo para, salta a otro tema, de cualquier otro disco, y la reproducción le responde instantáneamente. El programa no se cuelga, y además le permite a partir de la multitarea incipiente de esos años volver al Word y seguir escribiendo, pero ahora con música de fondo.

 

Lo que más le llama la atención de la interfaz de este programa es una ausencia. Este producto es anónimo: no es un soft comercial pirateado impunemente. No hay “Help”, pero tampoco hay referencia a quien produjo este CDROM. Obviamente, está hecho con un programa “de autor”. Pero además la autoría, en este caso es anónima. Es natural, porque los derechos de los temas eran de Michael Jackson, y la inclusión de las grabaciones obligaría a pagar tantas regalías que ni Bill Gates las podría afrontar.

 

Además, en caso de ser este un producto comercial debería costar, por lo menos la suma de todos los discos, para no desalentar… Pero claro, Ud. lo olvida porque con este CD, se lleva toda la discografía de los Beatles adonde quiera, en un compacto sólo, por lo que su valor está organizado especialmente a partir de la portabilidad y la completitud… Alguien -seguramente MUY fanático de Los Beatles- se tomó el trabajo de digitalizar todos los CDs, las tapas, las letras. Hay también una producción propia de valor en este “título”, dada especialmente por la selección y organización de contenidos, el diseño de interfaces y de un funcionamiento de software sin problemas, que muchos programas comerciales envidiarían.

Una concepción de la informática como soporte de comunicación democrática, tiene mucho para aportar al análisis de este CD hoy histórico. Quien lo concibió, a partir de emplear “herramientas de autor”, relativamente sencillas de usar, ha convertido su obsesión musical en un producto inserto en un mercado de signos. Quizás fue un proyecto personal de autoría, originalmente privado y que se ha hecho público a partir de la copia irrestricta de la misma manera que un mensaje de correo rebota de servidor en servidor. Tal vez lo hizo un adolescente para su consumo personal, o fue un proyecto final de un curso de realización multimedia.

En un caso u otro, la mitad de los que lo han probado quieren hablar con su autor, para que les explique cómo lo hizo. Esos son los tecnólogos. Los demás, lo buscan para que les haga uno igual de Queen, Los Redonditos o Iron Maiden. Pero incluso si aparece el autor… ¿Cómo puede probar que efectivamente lo fue? Quizás solamente a partir de mostrar el código original del proyecto, donde quizás haya dejado su firma. Si fuera fácil hacerlo, -no lo sabemos- cualquiera con el conocimiento y el apoyo de hard y soft adecuado, se podría convertir en editor. Festejado en este caso por los fanáticos del Cuarteto y -si se enteran- perseguido a muerte por SADAIC.

Así como este CD llegó hasta sus manos, es imposible trazar los caminos que seguirá entre audiófilos e informáticos, adónde llegará, por dónde aparecerá, a $10 o menos la copia. Es como un rumor, cuya difusión masiva sigue una progresión geométrica y se extiende de boca en boca o mejor dicho, de grabadora de CD en grabadora de CD. Algo pasará con este disco, muy parecido a los casetes de Tangalanga, pero sin embargo, aquellos perdían calidad de copia en copia, hasta hacerse audibles sólo a partir de la devoción.

 

Lo digital le aporta a este CDROM la condición de igualdad exacta entre cualesquiera de las copias. No hay Master pero no hace falta. Con las copias de las llamadas de Tangalanga, lo que circulaban eran bits analógicos en casete: Las ocurrencias de un hombre que llamaba a otros por teléfono y les hacía atravesar el sendero de la vergüenza a partir de sus propias debilidades. Aquí circulan canciones que aún no pertenecen al dominio público, montadas en un programa que no reclama paternidad. Algo está mal, pero no está aquí.

Ud. no sabe si este es uno entre otros productos similares que andan circulando, o es único. Sin embargo, además de simplemente escucharlo, este CD-ROM le ha hecho pensar. En la concepción de autoría, en la circulación de productos multimediáticos, en los cruces que entre creatividad, derechos de autor y soft pueden realizarse a fin de siglo. Entretanto, desde los parlantes de la PC suena una canción de la cual, Lennon y McCartney jamás imaginaron llegaría a viajar en este soporte.  Pero la canción sigue sonando, y atraviesa los laberintos hipermediáticos para llegar a cualquiera que la quiera escuchar.

Analizado en profundidad, este CDROM utilizaba para hacer que la discografía entrara en un solo CD una inteligente reducción de la calidad que aprovechaba la simpleza de las primeras grabaciones de los Beatles. No era estrictamente un códec de compresión como el que con el tiempo evolucionó hasta convertirse en el Famoso Motion Picture Experts Group 3, popularmente conocido como MP3.

 

Ese formato, que reducía en un 10 a uno el tamaño de los archivos de música, se popularizó gracias a que permitía compartir música a través de Napster más fácilmente en las lentas conexiones de fines de los noventa, y contribuyó a popularizar el software Winamp como el estándar de escucha en la PC.

 

Al principio, codificar en MP3 una canción tomaba toda una noche del poder de procesamiento de una computadora de la época. Poco después los chinos comenzaron a incorporar algunos aparatos reproductores un chip que descomprimía estos archivos, incluso reproductores de CD portables con MP3. Pocos conocen actualmente que las reproductoras de VCD/DVD/BluRay se caracterizan por poder reproducir MP3 directamente.

 

Antes que Internet se convirtiera en algo ubicuo, en Argentina el Parque Rivadavia en Buenos Aires era el lugar al que todos acudían a buscar música al por mayor. En ese entonces, era sabido que si la discografía de un artista en MP3 no estaba allí, era porque no existía. Los “MP3 de Parque Rivadavia” aparecieron hasta en una canción de TVR.

 

En los 2000, se estableció una industria informal de la descarga y grabación de MP3 en CDROM. En el momento de mayor auge del formato,  los manteros competían hasta por hacerles más bonitas tapas a estas compilaciones.

Con el tiempo, y gracias al auge de una banda ancha ubicua, la escucha se hizo on demand directamente por Internet a través de sistemas como Spotify, Deezer, Apple Music, SoundCloud, o listas en YouTube, y entonces el MP3 se fue como los vinilos, las cintas magnéticas, los magazines, los casetes, el CD de audio o el minidisc. Fue un momento en el tiempo de un recorrido que no tendrá final, mientras haya música…